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La tragedia de
ser humano actual consiste en que, habiéndosele
negado el permiso para ser él mismo, ni
siquiera ha ofrecido una mueca de resistencia o
rebelión ante semejante tragedia, y la neurosis más intolerable
del mundo occidental no es otra que el haberse alejado –más bien
repatriado- de ese centro que C.G. Jung llamó el Sí Mismo y Dürckheim el Ser Esencial, la forma con que el ser
individual participa del Ser, el auténtico morador en esa estancia
llamada cuerpo, no el cuerpo que se
tiene, sino el cuerpo que se
es, nuestra verdadera patria. Dentro de ese contexto, lo cierto es
que Occidente está descubriendo el Zen como un cambio de paradigma de
la conciencia que tiene sus consecuencias sociales. En este trabajo el
Zen es presentado como lo que es: no como una ideología, ni como un
sistema de pensamiento, sino como un ejercicio liberador. La experiencia
del Ser que late tras el Zen,, no es sólo posible sino necesaria, y para alcanzarla no es preciso ser monje, ni profesar cultura o religión
alguna. A
través del ejercicio del Za-Zen estamos en condiciones de poder caer en
la cuenta de quiénes verdaderamente somos al reconocer la naturaleza y
el sentido de nuestro verdadero yo; de despertar al origen común de la
humanidad más allá, y más acá; más arriba y más abajo; antes y
después del cielo y de la tierra. Y ello, tanto en
la intimidad de los latidos nuestro cuerpo, como en el milagroso
vaivén de la respiración. Algo
aturdidos por el asedio neoliberal del Pensamiento Único, sabemos que
vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable de nuestra
intimidad, allá en nuestra más profunda vena, uno puede comprobar que
los límites no existen. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie, sólo
los límites sostienen. Y
hemos nacido para saborear lo ilimitado. El
Zen, como experiencia radical de Plenitud.
De esa experiencia habla este libro. -
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